El hombre alto

Yo tenía 13 años cuando sucedió este evento. Volvía de estudiar, serían las nueve de la noche; el cielo estaba gris, hacía frío y yo caminaba solo.
Casi llegando a mi casa un hombre alto, muy alto, pasa a mi lado; me sobresaltó verlo aparecer delante y casi encima de mí, no lo había visto ni oído venir por la calle vacía, apenas iluminada por las lamparillas de las casas.
Me llamó la atención su extrema altura tanto como su expresión triste, la grisacea palidez de su rostro, su andar desgarbado, su mirada perdida. No lo conocía, nunca antes lo había visto; él pasó a mi lado sin notarme, sin darse cuenta del susto que me causó, sin afectarse por el grito seco que solté.
Apenas hubo pasado un par de metros de mí, noté con sorpresa que no hacía ningún ruido al andar sobre la calle de gravilla suelta, entonces giré mi cabeza para verle… y el hombre alto ya no estaba: había desaparecido tan misteriosa y silenciosamente como apareció, en medio de la calle solitaria, esa noche fría y nublada que me llegó hasta los huesos.

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El mantón de Ana

Mi esposa Ana y yo somos terapeutas holísticos, llevamos unos cuantos años realizando actividades en varias disciplinas. Una de esas actividades incluye la armonización de locales y viviendas, popularmente conocido como “limpieza de energías negativas”. En la época que da lugar a este relato, hace unos años, vivíamos en una casita pequeña ubicada en un rincón del barrio. La llamábamos “el rinconcito mágico”: fueron varias las experiencias que vivimos allí. Quizá una de las más llamativas tuvo como protagonista este mantón.

Cada habitación tenía dos puertas, excepto el baño; esto nos permitía recorrer la casa en un paseo circular, sin tener que volver sobre nuestros pasos: de la sala de entrada a nuestro dormitorio, de allí a la cocina o al baño, de ahí al otro dormitorio y vuelta a la sala. Lo usual era que pasaramos por nuestro cuarto para ir de la sala a la cocina.

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El dormitorio 1 era el nuestro y el dormitorio 2 de las niñas, en aquel momento de 8 y casi 3 años. Teníamos un sofá-cama, el que cada mañana plegábamos por cuestiones de espacio, sobre cuyo respaldo se extendía cada día el mantón de Ana. Siempre estaba allí hasta la noche, cuando armábamos la cama para descansar.

Ese verano, un matrimonio amigo me pidió para armonizar su casa; allí las puertas se abrían o cerraban, las luces se encendían o apagaban solas, algunos objetos desaparecían de su posición habitual y aparecían en los sitios menos comunes. Fui un martes de tarde con mi “maletín de trabajo” y con la dueña de casa hicimos la armonización.

Al día siguiente, en nuestra casa, la mañana empezó como cada día: plegamos el sofá-cama y colocamos el mantón sobre el respaldo, abrimos las ventanas y dejamos las cortinas extendidas. Al rato, al pasar por el cuarto para ir a la cocina, veo que el mantón está tirado en el piso; lo levanté y lo extendí sobre el sofá. Fui a la cocina, preparé el mate y al pasar por el cuarto otra vez el mantón estaba tirado en el piso. Sospeché que pudieran ser las niñas, que jugaban en el jardín; puse el mantón en su lugar y salí.
Ana salió del baño y al pasar por el cuarto vio el mantón en el piso; mientras lo ponía en su lugar, se asomó a la ventana y dijo a las niñas, que seguían en el jardín, que por favor no desordenaran la casa. Vino a la sala donde yo estaba, se sentó para tomar mate y se dio cuenta que faltaba algo para el desayuno; yendo hacia la cocina, al pasar por el cuarto vio el mantón en el piso, en el mismo lugar de donde lo habíamos levantado antes. Llegó a la cocina, sacó algo del refrigerador y, al volver a pasar por el cuarto, dijo: “¡Que cosa! ¡Otra vez el mantón en el piso!”, y vino a sentarse conmigo en la sala. Minutos más tarde me levanto para ir al baño y el mantón otra vez estaba tirado. Se lo digo a Ana, ella viene, dice que no pudieron ser las niñas que seguían afuera, se puso a acomodar el mantón…

Aquello em llamó poderosamente la atención, no entraba viento por las ventanas que explicaran aquella repetición; saqué de mi maletín un atomizador con alcoholatura de Laurel (que suelo usar como escudo energético) y, mientras Ana extendía aquel mantón sobre el sofá yo apliqué unos disparos de la alcoholatura sobre él… y en ese momento, el sofá se separó de la pared unos 20 centímetros hacia nosotros, como si alguien lo empujara, y la cortina de la ventana se movió como si un hombre o un animal grande se moviese detrás de ella para salir al exterior. Cosa imposible, dado que las ventanas tenían rejas.

¿Qué fue aquello? No lo sabemos y posiblemente no lo sabremos; pero la sorpresa fue mayúscula.