Piedritas de río

“Quien más te hiere es quien más te ama”, solemos decir o escuchar. Es cierto, somos vulnerables a los más cercanos. Esto no se debe a la maldad intrínseca que algunos atribuyen a la especie, sino a la dinámica de la existencia: somos piedras en el río de la vida.
La corriente de este río – a veces suave y cristalina, otras violenta y turbia – nos arrastra golpeándonos unos contra otros; por esa razón los más cercanos nos golpean más duro, no porque esté en su naturaleza el choque con otros sino porque el flujo de este inmenso río nos mueve.
Dependiendo de la fuerza de esta corriente, la fricción será mayor en algunos momentos, incluso violenta. Es gracias a esta interacción con la energía del río y las otras piedritas que vamos puliendo nuestras asperezas, perdiendo nuestras aristas.
Rara vez un golpe nos quiebra; pero no es la fuerza de dicho golpe que nos rompe, sino nuestra propia dureza: nos cristalizamos en ideas o posturas intelectuales que nos estancan, impidiendo que la emoción nos vuelva móviles, tiernos y maleables. Cuando nuestra composición es más elástica, vamos puliéndonos unos a otros, suavizándonos mutuamente, redondeándonos, adquiriendo formas más amables.

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