Cosas que debes dejar de hacerte

Hay momentos en la vida en que sabemos que queremos cambiar, ir a algún lado, hacer algo importante… Pero no sabemos cómo. Estas son treinta cosas que debes dejar de hacerte a ti mismo para poder lograr esas grandes cosas para las que estás destinado. No es una lista de cosas por hacer, son cosas que todos debemos dejar de hacer. Necesitamos dejar espacio a las nuevas y mejores cosas de la vida.

1. Deja de pasar tiempo con las personas equivocadas.

La vida es muy corta como para gastarla junto a personas que succionan tu energía y felicidad. Si alguien te quiere en su vida, harán espacio para ti, no deberías pelear por un lugar. Nunca jamás insistas con alguien que te pasa por alto. Recuerda que los verdaderos amigos no son necesariamente aquellos que se quedan contigo en los buenos tiempos, sino los que permanecen en las peores situaciones.

Deja de huir de tus problemas.

¡Enfréntalos! No será fácil, nadie es capaz de salir ileso de todos los problemas. No siempre se puede salir instantáneamente de un problema cuando se presenta, no estamos hechos para eso. De hecho, lo normal es que sintamos tristeza, enojo, dolor, incertidumbre, derrota. Este es el propósito de la vida: Enfrentar los problemas, aprender de ellos, adaptarse y, finalmente, resolverlos con el paso del tiempo. Es lo que nos convierte y moldea a lo largo de la vida.

3. Deja de mentirte.

Puedes mentirle a cualquiera en el mundo, pero no puedes mentirte a ti mismo. Nuestra vida mejorará sólo cuando aprovechemos las oportunidades y la primera y más difícil es ser realmente honestos con nosotros mismos

4. No dejes tus propias necesidades para lo último.

La cosa más terrible es perderse a sí mismo mientras amas a alguien más, olvidándose de lo especial que es uno mismo. Esto no significa que dejes de ayudar a otros, sino que debes ayudarte a ti mismo también. Si existe un momento para seguir tu pasión y hacer algo que te importa, ¡Ese momento es justo ahora!

5. Deja de intentar ser alguien que no eres.

Uno de los grandes retos de la vida es ser uno mismo en un mundo que quiere que todos sean iguales. Siempre habrá alguien más listo, más guapo, más joven o más viejo, pero NUNCA serán TÚ. Jamás cambies para agradar a las personas; sé tú mismo y las personas correctas te amarán por ello.

6. Deja de aferrarte al pasado.

No puedes comenzar un nuevo capítulo en la vida si sigues leyendo y releyendo el anterior.

7. Deja de tenerle miedo a los errores.

Hacer algo y equivocarse es, al menos, diez veces más productivo que no hacer nada. Cada éxito trae una historia de fracasos detrás y cada error es un paso más cerca de la victoria. Uno termina arrepintiéndose de las cosas que no hizo más que de las cosas que hizo.

8. Deja de culparte por errores pasados.

Quizá amamos a la persona equivocada y lloramos por errores cometidos, pero no importa cuántas cosas hemos hecho mal, algo es seguro: los errores nos ayudan a encontrar a la persona y a las cosas correctas para nosotros. Todos cometemos errores, tenemos problemas e incluso nos arrepentimos de cosas de nuestro pasado. Pero tú no eres tus errores, no eres tus problemas y estás aquí y AHORA con el poder de moldear tus días y tu futuro. Cada cosa que te ha pasado en la vida te está preparando para algo que aún está por venir.

9. Deja de intentar comprar la felicidad.

Muchas de las cosas que deseamos son caras. Pero la verdad es que las cosas que en verdad nos satisfacen son totalmente gratis: el amor, las carcajadas y trabajar en nuestras pasiones. 🙂

10. Deja de buscar la felicidad exclusivamente en otros.

Si no eres feliz con quien eres por dentro, no serás feliz en una relación de largo plazo con cualquier otra persona. Primero tienes que crear estabilidad en tu propia vida, antes de que puedas compartir la vida con alguien más.

11. Deja de ser pasivo.

No pienses demasiado las cosas o crearás un problema que ni siquiera estaba ahí en primer lugar. Evalúa las situaciones y toma acciones decisivas. No puedes cambiar cuando te rehúsas a confrontar las cosas, el progreso implica riesgo, ¡Punto! No puedes llegar a segunda base si tienes un pie en la primera.

12. Deja de creer que no estás listo.

Nadie se siente 100% preparado cuando una oportunidad se presenta. Es porque las oportunidades en la vida nos empujan fuera de nuestras zonas de confort, lo que significa que nunca nos sentiremos completamente cómodos en un principio.

13. Deja de envolverte en relaciones por las razones equivocadas.

Las relaciones deben ser escogidas sabiamente. “Mejor sola que mal acompañada”, decía mi abuelita. No hay necesidad de apresurarse, si algo debe ser lo será a su debido tiempo, con la persona adecuada y el momento debido. Enamórate cuando estés listo, no cuando te sientas solo.

14. Deja de evitar nuevas relaciones sólo porque las pasadas no funcionaron.

En tu vida te darás cuenta de que hay un propósito para cada persona que conozcas. Algunas personas te pondrán a prueba, otras te enseñarán grandes lecciones, pero lo más importante es que algunas sacarán lo mejor de ti.

15. Deja de competir contra todos.

No te preocupes si a otros les va mejor que a ti, concéntrate en romper tus propios récords cada día. El éxito es una batalla entre tú y tú mismo, sólo eso.

16. Deja de lado los celos.

Los celos son el arte de contar las bendiciones ajenas en vez de las propias. Pregúntate esto: “¿Qué es lo que tengo yo que todos los demás quieren?”

17. Deja de quejarte y de sentir pena de ti mismo.

La vida tiene sus altibajos por una razón: para moldear tu camino en la dirección correcta para ti. Puede que no veas o entiendas todo en el momento en que sucede, eso puede ser muy duro. Pero recuerda los momentos difíciles que ya has pasado: Casi siempre nos llevan a mejores lugares, personas, estados mentales o situaciones, eventualmente. ¡Así que sonríe! Deja que todos sepan que hoy eres mucho más fuerte que ayer, y así continuarás.

18. Deja de guardar resentimiento.

No vivas tu vida con odio en el corazón. Terminarás lastimándote a ti mismo más de lo que las personas que odias podrían. El perdón no es sólo decir: “Está bien lo que me hiciste”, es poder decir: “No voy a dejar que lo que me hiciste arruine mi felicidad para siempre”. El perdón es la respuesta, déjalo ir, encuentra la paz, ¡Libérate! Y recuerda, el perdón no es sólo para las demás personas, también es para ti mismo. Si debes, perdónate a ti mismo, supéralo e intenta hacerlo mejor la siguiente ocasión.

19. Deja de permitir que otros te bajen a su nivel.

Niégate rotundamente a rebajar tus estándares para adaptarte a quienes se niegan a elevar los suyos.

20. Deja de desperdiciar el tiempo explicando tus razones a los demás.

Tus amigos no lo necesitan y tus enemigos ni siquiera lo creerán. Sólo haz lo que tu corazón te dice que es correcto.

21. Deja de hacer las mismas cosas una y otra vez sin tomarte un descanso.

El tiempo perfecto para tomarte una pausa es justo cuando no tienes tiempo para ello. Si continúas haciendo lo mismo, seguirás obteniendo los mismos resultados. Hay veces que necesitamos un descanso para ver las cosas más claramente.

22. Deja de pasar por alto la belleza de los pequeños momentos.

Disfruta de las cosas pequeñas porque un día mirarás atrás y descubrirás que eran, en realidad, las cosas más grandes. La mejor parte de tu vida serán las cosas pequeñas, momentos innumerables que invertiste sonriendo a quien te interesa de verdad.

23. Deja de intentar que las cosas sean perfectas.

El mundo real no recompensa a los perfeccionistas, recompensa a las personas que hacen las cosas en tiempo y forma.

24. Deja de seguir el camino más fácil.

La vida no es fácil, especialmente cuando planeas realizarte en algo que vale la pena. No tomes la alternativa más fácil siempre, haz cosas extraordinarias.

25. Deja de actuar como si todo estuviera bien cuando no lo está.

Está bien quebrarse de vez en cuando, no tienes que pretender ser fuerte, no hay necesidad de probarle a nadie que todo está perfectamente todo el tiempo. No debería preocuparte lo que los demás piensan. Llora si lo necesitas, es saludable dejar fluir esas lágrimas. Cuanto más pronto lo hagas, más pronto serás capaz de sonreír de nuevo, sonreír de verdad.

26. Deja de culpar a los demás de tus problemas.

La capacidad de alcanzar tus sueños depende de tu capacidad de hacerte responsable de tu vida. Cuando culpas a los demás de lo que te pasa, estás rechazando esta responsabilidad: Le das poder a otros sobre una parte de tu vida.

27. Deja de hacerlo todo por todos.

Eso es imposible, y solamente terminarás exhausto. Pero hacer sonreír a una persona, a esa persona especial sí puede cambiar el mundo. Quizá no el mundo entero, pero sí una parte de él: enfocarse es el secreto.

28. Deja de preocuparte demasiado.

Preocuparse no le quita problemas al día de mañana, le quita felicidad al día de hoy. Una manera de saber si vale la pena preocuparse es plantearse la siguiente pregunta: “¿Importará esto dentro de un año? ¿Tres años? ¿Dentro de cinco años?” Si la respuesta es negativa, entonces no vale la pena darle más vueltas al asunto.

29. Deja de enfocarte en lo que no quieres que suceda.

Mejor, enfócate en lo que sí quieres que pase. Pensar positivo es el preámbulo al éxito rotundo. Si despiertas cada mañana con el pensamiento de que algo maravilloso sucederá ese día y pones suficiente atención, descubrirás que estabas en lo correcto.

30. Deja de ser ingrato.

No importa lo bien o lo mal que te ha ido, levántate de la cama agradecido por tener vida. Hay quienes, en algún lugar, luchan por ella desesperadamente. En lugar de pensar en lo que te hace falta, intenta pensar en lo que tienes y que a muchos les hace falta.

(Copiado íntegro de un post de Taringa)

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Cromosomas X-y

Aquello que “dios creó a Adán, luego creó a Eva de su costado” no tiene sentido: si dios es inteligente… ¿Por qué crear un único macho engendrador y luego cambiar todo el sistema? Me gusta más esta otra idea de la creación:

“Cuentan las antiguas cosmogonías que el Universo fue creado por La Diosa. Este Universo primordial se regía por el principio femenino: fecundo, generoso, equilibrado. Creó hembras para reinar en los hielos, hembras para reinar en los trópicos, reinas de selva, reinas de mar, reinas de desierto y reinas de montaña. Luego notó que las hembras necesitaban asistencia para conseguir alimentos cuando parían, entonces creó – para cada especie – otras hembras sin capacidad de fecundarse y carentes de las capacidades intuitivas necesarias para comunicarse con las crías (ya que no las engendrarían), para que sirvieran de compañía a las hembras “alfa”. A estas hembras “beta” las proveyó de fuertes cuerpos y las hizo más rudas, más apropiadas para la protección de la reina y sus cachorros. Y todo fue casi perfecto… excepto porque faltaba un método de comunicación emocional que sirviera de vínculo entre alfas y betas; entonces se puso a cocinar una nueva generación.”

“La Diosa preparó su caldero, pero esta vez mezcló los condimentos de alfas y betas en una misma receta; mientras se cocinaba la nueva especie preparó dos nuevos moldes de piel alfa y beta, dejando entre las piernas de ambos un hueco por el cual verter la nueva pócima.”

“Una vez pronta la sopa vital y rellenos los moldes, comenzó a coser la abertura de la hembra beta; al acabar la costura vio que le sobraba unos centímetros de hilo y los dejó colgando. Luego, al coser el molde alfa, notó que el hilo que sobraba en las beta aquí le faltaba, dejando una abertura por la cual el jugo vital podría derramarse… y se le ocurrió una divertida idea: ambas deberían combinar las terminales de sus costuras para engendrar nuevas crías.”

“En la zona de costura inconclusa de las alfa colocó una copia del caldero y unas gotas extra de magia suprema; luego recubrió el caldero de neuronas muy sensibles, iguales a las que estimulan el funcionamiento del corazón. El hilo de las betas guardaría otra parte de la pócima, y también fue recubierto de aquellas neuronas; así logró La Diosa un medio para comunicar las emociones e intercambiar la pócima vital, transmitiendo las características de ambas a las nuevas crías. Y claro, esta combinación engendraría tanto alfas como betas.”

En la genética de los mamíferos hay un par de cromosomas que definen el sexo del embrión: si este par es ‘XX’ (dos cromosomas iguales) nacerá una hembra; si los cromosomas son ‘Xy’ nacerá un macho.

¿Qué es ese cromosoma ‘y’ que define indudablemente al macho? Ese ‘y’ – mucho más pequeño que los otros cromosomas – no es otra cosa que un ‘X’ atrofiado: no terminó de desarrollarse y le falta una pata.

Cada vez que aparece el tema “igualdad entre hombres y mujeres”, tomo este asunto de los cromosomas como base de mi argumento: los machos de la especie somos hembras atrofiadas, hembras “beta”. No podemos parir ni amamantar, pero como regalo de La Diosa podemos cooperar con esos centímetros de hilo vital, aportando la magia que las alfa necesitan para engendrar nuevas generaciones.

Para qué encarnamos

Érase una vez un hombre poderoso y muy devoto, que vivía en una isla. Éste hombre, en gratitud por su impresionante fortuna y poder sobre la tierra, solía ofrendar a sus dioses la sangre de sus esclavos.

Érase una vez un hombre esclavo y muy devoto, que vivía en una isla. Éste hombre soportaba con profunda resignación los castigos y torturas que recibía de su amo, rogando en silencio a su dios para que hiciera justicia.

Érase una vez un hombre moralista y muy devoto, que vivía en una isla. Éste hombre dedicaba cada día a cuidar de los esclavos, dándoles alimento y consuelo, con la absoluta convicción que dios le tenía un lugar reservado en la vida eterna como recompensa por sus servicios.

Érase una vez un hombre escritor y muy curioso, que vivía en una isla. Éste hombre plasmaba en sus cuentos cada paisaje que veía, cada persona que conocía, la historia de cada uno de ellos.

Érase una vez una tormenta descomunal que arrasó una isla; érase una vez cuatro hombres llegando a las puertas de La Divinidad.

El primer hombre se inclinó a sus pies para agradecer la magnífica vida que había llevado, pero una energía desconocida y enorme le invadió, le empapó, le inundó, le ahogó: era el amor más inmenso y despiadado que jamas había sentido… Entonces tomó consciencia de su arrogancia y empezó a sentir un hueco en el pecho, donde caía el dolor que había causado a sus semejantes. Y se arrepintió. Y lloró. Y pidió perdón. Y entendió que merecía el peor de los castigos.

El Ser Supremo le tomó de la barbilla para que alzara el rostro; al ver aquellos ojos el hombre supo que allí no había castigo, sólo había consciencia y amor… y aquel hueco en el pecho se hizo infinito.

La Divinidad le sonrió y le abrazó con más amor aún. Entonces entendió que sólo volviendo a nacer y corrigiendo su actitud quizá podría perdonarse a si mismo. La Divinidad, en su infinito amor, le concedió todas las vidas que fueran necesarias para llenar aquel vacío.

El segundo hombre se acercó a los pies del Ser Supremo para reclamar por la ayuda que jamás había llegado. Pero un inmenso amor le hizo tomar consciencia de su flojera para defenderse, de su elección de permanecer en la postura de víctima culpando a otros de su desgracia y esperando que otro trajera las soluciones… entonces lloró. Y pidió perdón. Y se arrepintió.

El Ser Supremo le tomó de la barbilla para que alzara el rostro y el hombre esperó un duro reproche; pero al ver aquellos ojos encontró más amor.

Y aquel amor sonrió y le abrazó con más amor aún… y aquella flojera se hizo tan patente, su estupidez fue tan vergonzosa que no pudo perdonarse y pidió volver a nacer para hacerse cargo de su propio destino. La Divinidad, en su infinito amor, le concedió todas las vidas que fueran necesarias para fortalecerse.

El tercer hombre se acercó a los pies del Ser Supremo sabiendo que sería recompensado por su defensa de los débiles, cuando un inmenso amor le hizo tomar consciencia de que la tarea es la recompensa… entonces lloró. Y pidió perdón. Y se arrepintió de no disfrutar el momento por tratar de cambiar un pasado e ilusionarse con un futuro.

El Ser Supremo le tomó de la barbilla para que alzara el rostro y el hombre esperó una reprimenda; pero al ver aquellos ojos encontró más amor.

Y aquel amor sonrió y le abrazó con más amor aún… y pidió volver a nacer: necesitaba la oportunidad de aprovechar cada instante para ser feliz. La Divinidad, en su infinito amor, le concedió todas las vidas que fueran necesarias para fortalecerse.

El cuarto hombre se acercó a los pies del Ser Supremo con curiosidad: aquellos ojos que irradiaban tanto amor, aquella sonrisa… por favor… Y cuando la Divinidad le abrazó llenándole de más amor aún, el hombre supo que toda esa luz debía ser conocida por todos, que esa experiencia debía ser documentada. La Divinidad, en su infinito amor, le concedió todas las vidas que fueran necesarias para escribir.

¿Para qué encarnamos? Para perdonarnos a nosotros mismos, para tomar las riendas de nuestras vidas, para ser felices y escribir una historia.

Porqué deseamos algo

Solemos creer que no todos nuestros deseos pueden cumplirse, que cada vez que logramos una alegría la vida nos hará pagar con un dolor.

NO.

Continuamente algo llega y algo se va; esa es la dinámica del Universo. La vida no cobra con lágrimas las alegrías que nos da, simplemente porque la vida no nos da nada: conscientes o no, todo lo buscamos y hallamos nosotros mismos, vivimos lo que hemos ido construyendo con nuestras creencias. El hijo del carpintero decía: “para aquel que cree, todo es posible”; se nos ha enseñado que “lo que quiso decir es que aquel que cree en dios, bla bla bla…”, pero él dijo muy contundente “para aquel que cree todo es posible”… lo que crees, creas.

Por eso Pedro caminó sobre las aguas varios pasos; luego sus viejas creencias le jugaron en contra y se hundió. Cuando Jesús lo sacó del agua sólo le preguntó: “¿por qué dudaste?”…

Nuestros deseos son susurros del Espíritu; es la Divinidad en nuestra esencia diciendo “hazlo”, “consíguelo”, “realízalo”: si nació en nosotros el deseo, es porque debe manifestarse en nuestra vida, de lo contrario no hubiéramos deseado.

Necesitamos cambiar nuestras creencias para cambiar nuestra realidad: somos dioses en fase de crisálida, tal como el hijo del carpintero enseñó: “cualquiera de ustedes que crea en mí, hará cosas aún mayores que las que yo he hecho”.

Dejemos de creer en los que dicen servirle y ponen obstáculos como la “indignidad” y “el pecado”: creamos sólo en él y hagamos los milagros que queramos, pues para esto fuimos creados.

El significado de las palabras

En nuestra cultura hacemos un uso erróneo de muchos términos; hay dos en particular cuya mala interpretación ha convertido en infelices a muchos: uno es “arrepentimiento” y el otro es “pecado”.

Cuando alguien que ejerce poder sobre nosotros (paterno, religioso, filosófico, etc.) nos incita a arrepentirnos, generalmente busca hacernos sentir culpables; de igual modo, cuando se nos tilda de pecadores nos sentimos sucios, indignos, inmorales, merecedores de algún castigo.

Amo las palabras tal cual son: amo lo que significan, lo que simbolizan, lo que definen.

Arrepentimiento no significa sentirse culpable ni asumir la culpa de algo, sino un “volver al camino”, retomar la senda hacia la realización de uno mismo. En el diccionario se lo relaciona al término metanoia: ‘conversión entendida como movimiento interior que surge en toda persona que se encuentra insatisfecha consigo misma‘.

Arrepentirse es, por lo tanto, tomar un rumbo de satisfacción interior.

El otro término mal empleado es ‘pecador’, que tampoco significa culpable, sucio, indigno ni nada que se parezca o remita a esas sensaciones o calificativos. Pecado significa “pie fuera del camino”, por lo cual ‘pecador’ es aquel que ha perdido su rumbo. Hablo, no del rumbo que la moral familiar, social y religiosa promueven – poco importa si esta moral es mejor o peor aceptada, ese no es el punto -, sino del potencial que cada ser ES en sí mismo, de quién es cada uno de nosotros antes de ser enseñado y socializado, más allá del bien y del mal e independiente de ello.

“Arrepiéntete pecador” no es un llamado a dejar de ser felices para seguir a un supuesto embajador de lo desconocido, sino todo lo opuesto: “arrepiéntete pecador” es una invitación a ser quien eres detrás de todas las máscaras, inmenso a todas las reglas, desnudo de todo uniforme; es dejar ya de andar caminos sin sentido para darle por fin sentido a nuestro camino y ser apenas, nada más pero absolutamente nadie menos que uno mismo.

Agradar a Dios

Muchos hemos dedicado tiempo y energía a hacer sólo cosas que agradan a Dios y reprimirnos de hacer las que no le gustan, basándonos en la premisa que Dios todo lo ve, todo lo juzga y todo lo controla; se nos enseña a creer en un dios bipolar, tan misericordioso como vengativo.

En una charla con nuestro maestro y guía, Luna dijo que quería hacer la voluntad de Dios, y el guía expuso lo siguiente:

Cuando pones una semilla en la tierra, ¿Qué es lo que deseas? Que esté viva, ¿Verdad? Esperas que germine, que su brote crezca saludable, que se nutra bien y que cumpla su ciclo vital, dando buena sombra, lindas flores o saludables frutos según su especie… ¿Es así?
Si tu respuesta es afirmativa, te haré otras preguntas: ¿En qué momento deseas que la planta te haga una reverencia? ¿Cuándo empiezas a desear que te venere por haberla plantado? ¿Cuánto deseas que te agradezca, que crea en ti? ¿Verdad que eso ni siquiera pasa por tu mente?
¿Por qué Dios haría algo distinto? Dios no necesita que creas en él, él sabe quién es. LA VOLUNTAD DE DIOS, EL GRAN DESEO DE DIOS ES QUE CREAS EN TI MISMO, que germines, que crezcas sano y cumplas tu ciclo vital dando buena sombra, lindas flores o saludables frutos, de acuerdo a tu propia esencia.
Ten en cuenta que si Dios te creo, te hizo así como eres: con tus gustos, tus particularidades, tus deseos, tus hábitos. Si vas a modificar algo en ti, hazlo porque tú quieres y no para agradar a otro.

Eres una joya única: no hubo en la historia de la humanidad otro como tú, no lo hay ni lo habrá…¿Por qué deberías “corregirte”, “mejorar”, “cambiar”?

No puedes corregirte, cambiar ni mejorar porque no tienes defectos: tienes particularidades, y esas particularidades te distinguen del resto, te hacen ser quien eres.

Eres lo que eres y eres como eres, no puedes ser otra persona.
Si fuiste creado por un Dios, él te creó así como eres, todo lo que él quiere es QUE TÚ SEAS TÚ.

Descubre quién eres, acepta quién eres, conoce quién eres, valora quién eres.
Ten presente esto: quien te ama no te cambiaría por nada.

Quien quiera cambiarte no te ama, sin importar qué tan convincentes argumentos tenga para “modificarte por tu propio bien”. Y quien no te ama tampoco te respeta… ¿Por qué tratar de complacerlo entonces?

Jerarquías familiares

Hace unos años, un amigo me pidió asistencia para mejorar su relación matrimonial.

La charla fue más o menos así:

– “Mario, quiero salvar mi matrimonio y veo que vos y Ana Laura tienen una buena relación, no sólo como pareja sino además amistosa; más que esposos parecen novios aún. Entre nosotros era así, hasta que llegaron los hijos… y por más que intento dialogar, ella siempre acaba enojada y no quiere seguir hablando.

¿Me decís qué puedo hacer, o al menos lo que ustedes hacen?”.

Le pedí entonces que enumerase los miembros que componen una familia, en categorías jerárquicas según su perspectiva. Él dijo:

“Yo creo que la jerarquía familiar es la pareja, ambos por igual, y los hijos… no soy machista”.

Le dije que no le gustaría mi opinión, pero insistió en oírla. Le aclaré que después de eso ya no querría hablarme otra vez; él rió de buena gana y volvió a insistir.

Ésta fue mi respuesta:

– “Cuando eras chico tu madre eligió tu ropa, tu dieta, tu jabón, tu peinado, tu orientación religiosa, tu educación y dirigió tus horarios. Vos elegiste tu equipo de fútbol, a lo que tu mamá no se opuso porque un equipo de fútbol es algo insignificante.

Luego te casaste: hoy tu esposa elige tu ropa, tu dieta, tu jabón, tu peinado y dirige tus horarios; ella decide los días en que hacen el amor, cómo lo hacen (porque no creas que tú la convences de probar variantes… ella elige cuando las habrá y si las habrá); tan sólo acepta tu equipo de fútbol porque es algo insignificante.
Cuando llegas de trabajar ella te espera con tu rincón listo para ti: ya preparó lo que acostumbras beber cuando llegas y allí está en tu lugar favorito de la casa (que también ella eligió, aunque te resistas a aceptarlo), ella te hace sentir un rey allí en tu trono… donde no molestas en su camino.

La familia está formada por la mujer, los hijos, las mascotas y el marido. Los hombres en la casa debemos molestar lo menos posible, porque es el reino de ellas y sus críos, no el nuestro; nosotros los machos debemos proveerles seguridad y protección, para ellas y sus pequeños, no gobernarlas. Si no puedes aceptar esto vas a ser uno más que va del trabajo al bar, del bar a la cama, de la cama al trabajo, del trabajo al bar… Si lo aceptas vas a convertirte en amigo de tu esposa y serás su más preciado cooperador; te aseguro que disfrutarás de una hermosa vida familiar y serás su prioridad luego de los hijos, las mascotas y ella misma… Créeme, en la escala jerárquica familiar, ese lugar es el paraíso”.

Los muros y la inseguridad

El ser humano quiere seguridad, protección, certezas, pues cuando toma cierta consciencia de su pequeñez se siente insignificante, vulnerable y teme mostrarse tal cual es; entonces construye enormes muros a su alrededor, se cubre de “fortalezas”, adopta y adapta creencias según su necesidad. Vive a la defensiva, propenso a ofenderse, inventa enemigos que justifiquen sus murallas porque todo es un ataque personal para él. Pasa su triste existencia estancado tras esos muros que, al no protegerlo de si mismo, le impiden crecer; es prisionero en la cárcel que él mismo ha creado.

Cuando comprendamos y aceptemos que la vida es incertidumbre, que somos vulnerables cada segundo, que no podemos protegernos de nada, que la única verdad absoluta es que moriremos y no sabemos si sera en un minuto, cuando comprendamos que la vida solo tendrá sentido si se lo damos, entonces podremos derribar las murallas apolilladas que nos encierran, quitarnos las carcazas oxidadas que nos llagan y andaremos frágiles y desnudos, inseguros frente al Universo, quizá por primera vez libres, por vez primera vivos.

Perspectivas

Un maestro enseñaba a leer y escribir en Braille a un grupo de ciegos.

Para ver sus avances, le pidió escribir un cuento cuyo protagonista sea un elefante.

Los cieguitos empezaron a codearse, preguntándose unos a otros: “¿Qué es un elefante?” Como ninguno sabía preguntaron al maestro.

El maestro los miró y se dijo a sí mismo: “Ellos son ciegos de nacimiento, quizá ninguno haya tocado a un perro… ¿Cómo les explico lo que es un elefante?”

Entonces les respondió con una evasiva, cambiando de tema.

A los pocos días llega un circo a la ciudad y el maestro ve la oportunidad; lleva a sus alumnos de paseo, pero sin decirles a dónde.

Una vez en el circo, previa charla con el cuidador de los animales, baja a sus alumnos del vehículo, los pone en fila y les dice: “Saben qué es un elefante? A tres pasos al frente tienen uno, descúbranlo”.

Uno de ellos que pisó algo blando, viscoso y hediondo, concluyó que el elefante era un montón de estiércol; otro abrazó una pata y dijo “el elefante es una columna”; otro tocó la oreja creyó que elefante era una cortina, y así cada unos sacó sus conclusiones: la trompa era un brazo, el colmillo una lanza, su vientre un muro rugoso, etc.

¿Cuál estaba en lo cierto? Ninguno.

¿Cuál estaba equivocado? Pues también ninguno, pues el elefante era para ellos lo que su percepción les había dicho que era.

La realidad es una percepción personal, apenas una opinión limitada de lo que nos parece sentir. Y aunque abramos nuestras mentes y aceptemos las opiniones ajenas para ampliar nuestra idea, lo cierto es que “la verdad” estará aún más allá de la suma de todas las percepciones juntas: aunque unamos cuatro columna, dos cortinas, un muro, dos lanzas, un brazo y un montón de estiércol, tampoco tendremos un elefante.

Cacaburguer

Cuando mis hijas eran pequeñas solían jugar al aire libre todo el tiempo y, casi a diario, preparar “comiditas” con lo que cosechaban del jardín: tréboles, flores y algunas semillas. Era frecuente que me invitaran “a comer” con ellas, trayéndome sus elaborados platos:

“Mirá papá, hice tallarines verdes, come”
“Hoy te hice una ensalada”
“Te preparé un churrasco”

Como les enseñamos qué hierbas usar y cuales no, generalmente lo que ellas usaban en sus elaborados menúes yo lo ponía en mi boca y simulaba masticar, para luego escupirlo; ellas observaban con satisfacción a papi degustando sus “manjares”.

Una tarde Camila – que tendría tres años en ese momento – se me acercó sonriendo y dijo: “te hice una hamburguesa”; en el plato había, además de las flores y hierbas de costumbre, una bolita seca de excremento de perro. Ella esperaba expectante mi aprobación al nuevo ingrediente; yo, consciente que ella ignoraba lo que en realidad era aquella “hamburguesa”, le dije sonriendo “te quedó lindo el plato pero eso no es una hamburguesa, es caca de perro; y la “cacaburguer” no se come”.

Camila abrió grandes sus ojos, miró aquello y soltó una carcajada divertida; me sacó el plato, tiró todo al pie del árbol de laurel y volvió a elegir sus ingredientes sabiendo que ya no cocinaría con aquellas bolitas.

Años más tarde, charlaba con una amiga quien me contaba su conflicto: estaba cansada de cierta actitud habitual de su pareja que, si bien al comienzo de la relación dicha actitud ya era notoria, ella sabía que no era malintencionada y decidió tolerar, esperando que él cambiara con el tiempo; pero él no cambiaba y ella ya no aguantaba más.

Entonces recordé la anécdota de las comiditas: yo era absolutamente consciente que Camila no sabía qué era aquello y me lo ofreció con la mejor intención; entonces me di cuenta que si yo hubiese sentido compasión con Camila en aquella oportunidad, me habría metido la “cacaburguer” en la boca, ella hubiera creído que me gustaban, me hubiese preparado más de aquellas… ¡Y me las tendría que comer!

Y la reflexión fue inevitable: ¿Cuántas veces nos comemos la mierda que otro cocina, aún “con la mejor intención”?

¿Cuántas veces nos callamos por compasión y nos tragamos lo que no nos gusta?

Cualquiera sea el tipo de relación que tengamos, es un acto de amor y respeto decir con una amplia sonrisa: “no gracias, yo no como caca” y simplemente devolver el plato sin haberlo tocado.