Crayones y mucho papel

La muerte tiene mil rostros: una enfermedad, un bocado atravesado en la garganta, un tropiezo en suelo húmedo, una maceta cayendo de una ventana, un insecto, un infarto sorpresivo, un malentendido, una alergia. Mil máscaras.
He preguntado a mucha gente si tiene miedo a morir; la mayoría respondió que no teme a la muerte sino al sufrimiento. La mayoría acepta que la muerte es parte de la vida y, aunque no la desean, se resignan a que llegará algún día.
He preguntado a mucha gente si suele hacer cosas solo para sentirse felices; la mayoría dijo cosas como cocinar, bailar, beber, fumar, religión, televisión, deportes, gimnasia, dormir.
He preguntado a mucha gente si suele enamorarse de nuevas personas y confesar ese amor; me dieron creativas y convenientes explicaciones éticas que justificaban la represión de tales actividades.
En noviembre cumplí 60 años; veinte días después me enamoré de alguien más.
Fue amor a primera sonrisa: entré en el local de pagos de mi barrio, saludé a las cajeras (hace años nos conocemos) y de pronto, detrás del mostrador un rostro nuevo: una niña de unos cinco a seis años, nieta de Patricia la cajera (una muy joven abuela). Cuando me acerqué a la caja la niña levantó los ojos de su dibujo, me miró a los ojos y sonrío con tanta dulzura que todo se llenó de colores. Le dije “hola” y le pregunté si en 15 años querría salir conmigo, juntarnos con una caja de crayones y mil hojas de papel; la niña sonriendo más deliciosamente respondió “sí, me gustaría”. Patricia rió suavemente y dijo que en 15 años yo estaría muy viejito, a lo que respondí que sólo tendría 15 años más pero seguiría con deseos de dibujar y con deseos de enamorarme. La niña no cesaba de sonreír y mirarme con visible alegría.
Debo prepararme: en solamente 15 años una hermosísima joven y yo tendremos una cita con crayones y mucho papel. Y luminosas sonrisas. Quizá entonces le pregunte cuál es su nombre.
He preguntado a mucha gente si tiene miedo a morir; la mayoría respondió que teme al sufrimiento.
He preguntado a mucha gente por qué tiene miedo a vivir. Nadie me ha sabido responder.

Divino de tan humano

“Vinimos a traerle el mensaje que Jesús tiene para todos: él volverá a dirigir a su pueblo” – dijo el que golpeó mi puerta. Mi respuesta fue: “¿Quién le dijo que ese mensaje es mío? Yo no autoricé a nadie a hablar en mi nombre”. El hombre abrió mucho los ojos, tan sorprendido como paralizado; proseguí:

“Mire mi amigo, la gente – incluso usted – no está preparada para ningún mensaje mío… ¿Cómo iba a avisar de mi retorno? Lo más probable es que me vuelvan a crucificar. Vaya, pregúntese cómo espera a quién espera y cuando tenga la respuesta vuelva: lo estaré esperando”, y cerré la puerta en sus narices.

Nadie sabe si soy ese que volvería: ni yo lo sé con certeza (al menos hoy). Pero el punto de este post no es si soy o no soy, si vamos o no vamos. El punto es precisamente la pregunta que hice al mensajero: ¿Cómo esperamos que se presenten los “enviados”? (divinos, extraterrestres, lo que sea). ¿Qué expectativa tenemos de su apariencia, de su entrada triunfal, del contacto abierto? Seguramente esperamos tanta espectacularidad que no valoraremos el momento en que ocurra y rechazaremos cualquier suceso “por falta de condimento”.

Estamos tan alienados por las autoridades que sólo creemos en algo si las autoridades lo anuncian (gobierno, iglesia, papá y mamá) o si viene flotando en una nube y con música de coros; somos tan incapaces de confiar en nuestra intuición que creemos que intuir es desconfiar, y por eso confiamos solamente en los protocolos conocidos. Lo más probable es que los extraterrestres sean como cualquier extranjero: habrá altos rubios y habrá morenos gorditos, unos con rayo láser y otros con botellita de agua, unos con botas de luz y otros con zapatillas gastadas. Dicen que ya están entre nosotros, así que tan espectaculares no deben lucir…

Aprendamos a buscar: las señales no entrarán por los ojos sino por la emoción. Lo que nos asegure que estamos frente a seres evolucionados no será la tecnología que nos muestren, será la confianza en nosotros mismos que nos hagan sentir. Antes de llevarnos a pasear por la galaxia, un ser evolucionado nos hará enamorarnos de nosotros mismos.

El camino al infierno pasa por las puertas del cielo (o “la charla que hubiese amado”)

Querido hijo, hablemos de mujeres: es imperioso que estés bien informado, ya que hasta los machos alfa pecho peludos somos absolutamente inconscientes de los peligros que estas bellas criaturas representan, implican y vaticinan; cuidarlas es la única manera de mantenernos a salvo de ellas. Es propio de nuestra varonil condición de depredadores el creer que son presa fácil, debido a que se muestran inseguras, frágiles, delicadas y en espera que aparezca su depilado príncipe encantador o el homo eructus siteagarro-mamitalensis.

Tema delicado, amigo mío. Como dijo Jack el Destripador, *mejor vamos por partes”:

“CUANDO ELLAS DICEN NO” quieren decir no. Punto. Aunque quieran decir “sí”, cuando dicen no, es no. Entiende esto: es muy probable que “quieran” mucho más de lo que imaginas, pero no lo quieren en este momento aunque lo quisieran hace un minuto. Dales tiempo: respira, lávate la cara, viaja a otro continente a manifestar contra el calentamiento global… espera. Sonríe y espera. Cuenta hasta catorce mil y espera. Resuelve mentalmente el teorema de Fermat y espera. Espera “su” momento, y hazlo en calma: abeja enojada no produce miel. Recuerda siempre que son mujeres y pueden cambiar de opinión aún contra su voluntad.

SOMOS SU PRESA. Aunque todo indique que la has conquistado, la verdad es que fuiste atrapado por su seductora trama. A partir de ese punto ya no decidirás nada por ti mismo: música, religión, dieta, atuendo, perfume, pelos en el cuerpo… Todo lo “tuyo” será sutilmente gobernado desde su perspectiva. Tú creerás que “la persuadiste de”; lo cierto es que ella decide cuándo, cuánto, cómo y dónde, y luego te hará creer que fue idea tuya.

TÚ NO LA AYUDAS. A menos, claro, que estés en su casa y tú no vivas allí. Cuando haces las compras, cocinas, lavas los platos o el inodoro, barres o pasas la aspiradora, no la estás ayudando. Donde sea que vivas es tu obligación mantener el lugar limpio y ordenado.

NO ES DE TU PROPIEDAD. No te debe respeto, obediencia y sumisión. Punto.

No esperes entenderlas.

No esperes que te entiendan.

Entrégales el gobierno absoluto de tu vida: solamente así podrás hacer lo que quieras y ser feliz.

Casas encantadas – parte 2

De modo similar a nuestro conocimiento de los océanos, el universo comprensible y para el cual se han desarrollado teorías comprende apenas el 4% del estudio científico., el 96% que desconocemos y para el cual ni siquiera se han establecido teorías estaría compuesto por – aproximadamente – 24% de materia oscura y 72% de energía oscura. Ergo, si lo que sabemos es mucho, lo que ignoramos es inmenso.

A lo largo de la historia se ha mencionado la tarea del zahori, aquella persona que usando varas o péndulos es capaz de hallar venas de agua subterránea, tesoros, objetos y/o personas perdidas. Para muchos se trata de superstición, para otros ha sido el trabajo de su vida: monjes, médicos y reyes han estudiado y practicado la adivinación, el diagnóstico de patologías y muchas decisiones de estado por medio de estos métodos poco convencionales. El ingeniero cubano Leodegario Lufriú realizó su tesis doctoral estableciendo demostraciones científicas de la radiestesia, aportando una enorme cantidad y calidad de datos acerca de las radiaciones y su interpretación por parte del “operador sensible” o radiestesista. Llegados a este punto se hace imperioso explicar de qué estamos hablando.

Muchas culturas milenarias buscaban el lugar favorable para la vida: el brujo o Chamán elegía cuidadosamente dónde se ubicarían dormitorios y altares, basándose en un estudio energético del lugar de asentamiento.

Toda esta sabiduría heredada, sumada luego a estudios de biología, geología, medicina, astronomía, física y geofísica consolidan las base para la geobiología, disciplina que estudia las relaciones entre la tierra, el cosmos y los seres vivos.
El campo electromagnético terrestre manifiesta una estructura de redes energéticas o canales de circulación de energía de paredes verticales que emergen desde el núcleo terrestre y se alzan al menos hasta la estratosfera. De estas redes quizá las más conocidas son la Red de Hartman y la red de Curry: distribuidas sobre toda la superficie terrestre en lineas paralelas, las cuadrículas formadas por la red de Hartman se extienden en dirección norte-sur y este- oeste, separada unos 2 metros y con una anchura de 21 cm. aproximadamente, mientras la red de Curry se compone de líneas separadas unos cuatro metros, tienen un ancho promedio de 40 cm y están orientadas en diagonal respecto de la red Hartman, fluyendo de suroeste a noreste y de sureste a noroeste. Se ha determinado que en los puntos de cruce de las líneas la radiación suele ser perjudicial para la mayoría de los seres vivos, si bien hay excepciones: los hormigueros suelen estar ubicados en estos sitios, y muchos apicultores han observado y aprovechado el hecho que las abejas producen más cantidad de miel si las colmenas se ubican en estos cruces de líneas Hartman.

Cómo explicábamos en la entrada anterior, la superpoblación demográfica de las ciudades y la ignorancia y/o pérdida del conocimiento ancestral, sumada a la necesidad de aprovechar cualquier espacio para levantar casas habitación, resulta en la ubicación sobre cruces de energías perjudiciales de las viviendas y particularmente de los dormitorios.

En próximas entregas escribiré acerca de estas redes y otras fuentes de energia: fallas geológicas, venas de agua subterránea, chimeneas cosmotelúricas y vetas minerales, argumentando acerca de causas y efectos de la interacción con tales fuentes de radiación.

Casas encantadas – parte 1

En todo el mundo existen lugares sagrados: el planeta entero está surcado por corrientes de energía de diversos orígenes y distintas potencialidades.

La variedad de causas que derivan en “casa encantada” es practicamente imposible de catalogar; en esta y próximas entregas intentaré transmitir lo que he ido aprendiendo a través de las experiencias.

En esta oportunidad hablaré de algunos espíritus naturales que podrían entrar en la definición de “duendes”, apócope de la frase catalana “duen-de casa” (dueño de casa) y con la que referían a las entidades aborígenes del sitio donde se construía la vivienda humana. Este reconocimiento de un “propietario original” generó la costumbre de pagar con miel o monedas doradas a los elementales, a cambio de una convivencia pacífica.

Son muchas las tradiciones que sostienen la existencia de espíritus protectores de la naturaleza: elementales del agua, del fuego, de la tierra, del aire, de la flora, de la fauna, de los minerales. Muchas son aún las culturas que estudian el terreno antes de establecer asentamientos, eligiendo cuidadosamente dónde irán las viviendas y en qué lugar se debe erigir un altar (las grandes catedrales, por ejemplo, son testimonio de este conocimiento: el lugar escogido para el altar no es adecuado para dormir o pasar más de unos minutos, debido a las energías concentradas en ese punto específico). En la cultura occidental ignoramos esos conocimientos y, por razones demográficas y económicas, ocupamos terrenos y construimos según nuestra comodidad o disponibilidad de recursos; esto significa talar árboles, rellenar bañados, aprovechar cada rincón disponible para establecer nuestras viviendas a costa de desalojar especies de su hábitat natural, tanto vegetales como animales.

Teniendo en cuenta que cada especie tiene espíritus protectores, nuestra actividad invasora desplaza solamente a los individuos físicos pero no a sus pares energéticos, los cuales necesitan de las energías que los nutren y que en la naturaleza tienen dos orígenes: la batalla territorial y el apareamiento.

Seguramente todos hemos percibido la energía que los individuos de cualquier especie despliegan en un enfrentamiento por el dominio (ya sea de una o varias hembras, un territorio o en defensa del clan); también conocemos la energía que el encuentro sexual mueve. Pues bien, los espíritus se sirven de estas energías y son capaces de generar las condiciones para obtenerlas. Al desplazar a las especies que proveen de alimento a estos elementales, ellos buscarán alimentarse de “los recién llegados” y lo harán según su naturaleza: por medio del enfrentamiento violento o por medio del amor. Pero además aprovecharán nuestra tendencia natural hacia una u otra opción: si nos resulta más fácil odiar que amar, ellos nos estimularán a generar la energía que los nutra.

No es casual que prácticamente toda tradición esotérica haga tanto hincapié en que el secreto de la paz sea el amor por todos los seres del universo, generando una energía que nos alimente a todos. De no ser así, la energía de la guerra siempre estará presente aunque solo alimente a unos.

Piedritas de río

“Quien más te hiere es quien más te ama”, solemos decir o escuchar. Es cierto, somos vulnerables a los más cercanos. Esto no se debe a la maldad intrínseca que algunos atribuyen a la especie, sino a la dinámica de la existencia: somos piedras en el río de la vida.
La corriente de este río – a veces suave y cristalina, otras violenta y turbia – nos arrastra golpeándonos unos contra otros; por esa razón los más cercanos nos golpean más duro, no porque esté en su naturaleza el choque con otros sino porque el flujo de este inmenso río nos mueve.
Dependiendo de la fuerza de esta corriente, la fricción será mayor en algunos momentos, incluso violenta. Es gracias a esta interacción con la energía del río y las otras piedritas que vamos puliendo nuestras asperezas, perdiendo nuestras aristas.
Rara vez un golpe nos quiebra; pero no es la fuerza de dicho golpe que nos rompe, sino nuestra propia dureza: nos cristalizamos en ideas o posturas intelectuales que nos estancan, impidiendo que la emoción nos vuelva móviles, tiernos y maleables. Cuando nuestra composición es más elástica, vamos puliéndonos unos a otros, suavizándonos mutuamente, redondeándonos, adquiriendo formas más amables.

Ojos de perro

En 2012, la propietaria de un local comercial me contactó para que la ayudara. Dijo que sucedían “cosas raras” en su comercio: caían de forma inexplicable objetos de los estantes a la vista de todos, algunas veces al abrir el local encontraban desorden como si alguien hubiera estado encerrado durante la noche. No faltaba nada y nada se rompía, solo el extraño desorden.
Luego de armonizar el lugar, la propietaria me invitó a tomar café en su casa para contarme que, luego de contactarme y durante las noches que siguieron hasta esa mañana en que fui a hacer mi tarea, una semana aproximadamente, ella había soñado cada noche con un grupo de indios Sioux (esto deducido por los característicos atuendos, danzas y cánticos), y que ella relacionaba directamente conmigo. En esos sueños, estos entraban en su casa conmigo y hacíamos una danza ritual. Cada noche el sueño se repetía, prácticamente idéntico. Conversábamos cuando de pronto llega Santiago, su hijo de 25 años. Nos presentamos y luego del saludo formal él pregunta:
– “¿Tú tienes algo que ver con indios? Te pregunto porque llevo unas noches soñando con ellos”.
La madre lo mira sorprendida y le pone al  tanto de la coincidencia: ambos sueñan lo mismo. Él nos mira con visible asombro; le respondo que sí, que conviví con chamanes un poco tiempo. Él progunta: “¿Te llamaban por tu nombre o te bautizaron con algún nombre místico?”, a lo que respondí: “Bautizarme con un nombre místico no, pero me llamaban ojos de perro”.
Santiago dijo “ya vengo”, corrió a su dormitorio y volvió con un pequeño paquete en sus manos: un colgante de madera. “Esto es tuyo” me dijo, y ante mi sorpresa explicó:
“En 2009 iba con unos amigos rumbo al Pilsen Rock (festival anual de música en el departamento de Durazno, Uruguay), cuando en el viaje se nos acerca un muchacho hablando de un tal Chamalú que estaba acampando cercade allí, y que había que conocerlo. Allá fuimos a ver al tipo este, una especie de brujo. En cuanto lo saludamos, él me pregunta si aún conservo la pluma de halcón del zoológico. Quedé impactado: a los 11 o 12 años, en un paseo por el zoológico metí la mano dentro de la jaula de las aves rapaces para sacar una pluma que una de ellas acababa de quitarse y que había caído cerca de la reja… ‘Sí, aún la tengo’ respondí”.
“Estuvimos 3 días con este chamán. Al despedirse me entregó este colgante y me dijo:
Esto lo guardas bien, no es para ti; debes entregarlo a alguien más en unos años.
¿Cómo sabré a quien debo dárselo? – Pregunté; él respondió sonriendo:
Lo sabrás: tiene ojos de perro“.

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(Nota: Chamalú es un místico, ecologista, filósofo y escritor boliviano, fundador de MOVIMIENTO ECOLOGISTA PACHAMAMA UNIVERSAL. Ha viajado a pie por América y dado más de 11.000 charlas y conferencias).

Estoy ocupado, además tengo razón

En ocasiones mis alumnos me pedían, al finalizar alguna jornada, realizar una “meditación guiada”; casi siempre me resistí a ello debido a mi dificultad para meditar: me distraigo con facilidad o me duermo. Hasta que en una ocasión se me ocurrió un ejercicio de abstracción que sirviera de anclaje a lo conversado durante el seminario. La meditación guiada fue más o menos así:
“Imagina que estás internado en una cama de hospital; en ese momento no están tus seres amados que salieron al pasillo o están ocupados en otras cosas; estás solo por completo.
De pronto algo te dice “te queda un minuto de vida”… y no tienes como llamar, como avisar a nadie. Vienen a tu mente las veces que reprimiste un abrazo, un te quiero… y te quedan 50 segundos de vida.
Comprendes que debiste decir tu verdad, que has vivido para complacer a otros negando tu propia esencia… y quedan 40 segundos.
Sientes aquellas ganas de bailar y cantar que reprimiste por pudor, las cosas que no hiciste por miedo al que dirán… 30 segundos.
Vienen a tu mente los rostros de tus niños pidiendo “juega conmigo” y tu propia voz diciendo “estoy ocupado”, cuando solo estabas amargado por algún contratiempo… y quedan 20 segundos.
Quieres salir corriendo a abrazar, a pedir perdón y perdonar, a disfrutar, a putear, a gritar… no salen las lágrimas ni los gritos, te mueres solo y lejos aunque estés allí a pocos metros de quienes amas, pero no te oyen…
10 segundos finales.
Se presenta un “alguien” que parece tener poderes y te susurra al oído:
– “Te haré dos regalos: fuerzas para que te levantes ahora mismo y algunos días para que hagas todo eso que acabas de lamentar”.
Tú no sabes cuantos días tienes… ¿Qué harás con tu tiempo?

El hombre alto

Yo tenía 13 años cuando sucedió este evento. Volvía de estudiar, serían las nueve de la noche; el cielo estaba gris, hacía frío y yo caminaba solo.
Casi llegando a mi casa un hombre alto, muy alto, pasa a mi lado; me sobresaltó verlo aparecer delante y casi encima de mí, no lo había visto ni oído venir por la calle vacía, apenas iluminada por las lamparillas de las casas.
Me llamó la atención su extrema altura tanto como su expresión triste, la grisacea palidez de su rostro, su andar desgarbado, su mirada perdida. No lo conocía, nunca antes lo había visto; él pasó a mi lado sin notarme, sin darse cuenta del susto que me causó, sin afectarse por el grito seco que solté.
Apenas hubo pasado un par de metros de mí, noté con sorpresa que no hacía ningún ruido al andar sobre la calle de gravilla suelta, entonces giré mi cabeza para verle… y el hombre alto ya no estaba: había desaparecido tan misteriosa y silenciosamente como apareció, en medio de la calle solitaria, esa noche fría y nublada que me llegó hasta los huesos.

Humildad

Solemos confundir humildad con la obligación de encajar en un modelo estándar de conducta, una uniformidad de perfil bajo convenientemente poco llamativo.
Decimos “proviene de familia humilde” cuando nos referimos a alguien cuyos padres no eran ricos ni delincuentes, o sea, no sobresalientes por concepto alguno. Por este malentendido, damos por sobreentendido que humilde es alguien que no sobresale sobre los demás, alguien que mantiene una actitud sumisa y tolerante.
El término ‘humilde’ proviene de HUMUS, la tierra, la materia de que somos hechos; por lo tanto, alguien humilde es alguien que conoce su esencia. El histórico hijo del carpintero, cuya vida y obra fundamenta varias religiones, era humilde: él sabía bien quien era y de donde venía. El tipo caminaba sobre las aguas, multiplicaba panes y peces frente a miles de personas, sanaba enfermos, hacía caminar a los paralíticos en las ferias populares, revivía muertos y convertía agua en vino en fiestas de bodas; discutía con los sabios, se enojaba con los mercaderes a las puertas del templo, dominaba demonios. Su notoria actividad le valió enemigos entre los poderosos. Era humilde pero no encajaba – ni quería encajar – por eso lo crucificaron.
Lo opuesto de arrogante no es humilde sino pusilánime, alguien que cree que no vale nada.
Arrogante es quien se cree superior a los demás, quien se autoproclama único poseedor de una verdad o único interlocutor válido de esa verdad: “yo soy el verdadero y único enviado de lo superior; ustedes sométanse y síganme”.
Los verdaderamente humildes enseñaron con el ejemplo y nos dejaron el mensaje que nosotros también podemos hacer lo mismo.
Solo necesitamos la certeza y el coraje para hacer lo que ellos hicieron… y cosas más grandes aún.