Humildad

Solemos confundir humildad con la obligación de encajar en un modelo estándar de conducta, una uniformidad de perfil bajo convenientemente poco llamativo.
Decimos “proviene de familia humilde” cuando nos referimos a alguien cuyos padres no eran ricos ni delincuentes, o sea, no sobresalientes por concepto alguno. Por este malentendido, damos por sobreentendido que humilde es alguien que no sobresale sobre los demás, alguien que mantiene una actitud sumisa y tolerante.
El término ‘humilde’ proviene de HUMUS, la tierra, la materia de que somos hechos; por lo tanto, alguien humilde es alguien que conoce su esencia. El histórico hijo del carpintero, cuya vida y obra fundamenta varias religiones, era humilde: él sabía bien quien era y de donde venía. El tipo caminaba sobre las aguas, multiplicaba panes y peces frente a miles de personas, sanaba enfermos, hacía caminar a los paralíticos en las ferias populares, revivía muertos y convertía agua en vino en fiestas de bodas; discutía con los sabios, se enojaba con los mercaderes a las puertas del templo, dominaba demonios. Su notoria actividad le valió enemigos entre los poderosos. Era humilde pero no encajaba – ni quería encajar – por eso lo crucificaron.
Lo opuesto de arrogante no es humilde sino pusilánime, alguien que cree que no vale nada.
Arrogante es quien se cree superior a los demás, quien se autoproclama único poseedor de una verdad o único interlocutor válido de esa verdad: “yo soy el verdadero y único enviado de lo superior; ustedes sométanse y síganme”.
Los verdaderamente humildes enseñaron con el ejemplo y nos dejaron el mensaje que nosotros también podemos hacer lo mismo.
Solo necesitamos la certeza y el coraje para hacer lo que ellos hicieron… y cosas más grandes aún.

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Prefiero reinar en el Paraíso a servir en el infierno

Ya no me apena oírte decir que tu religión es el único camino hacia la salvación del alma, que tu libro es la palabra de un dios, que tus líderes son sus embajadores autorizados.
Si realmente deseas pensar así, de modo arrogante, creyéndote dueño de la verdad; si envidias mi libertad de danzar con ángeles y aprender con demonios, si te enoja no poder manipularme pues no temo a tus apocalipsis (arrogancia, envidia, ira: pecados capitales que tu dios castiga), ya no me apenas; es tu elección.
Yo no creo en tu dios padre soltero caprichoso (que bien merece penitencia por andar asustando gente).
Yo conozco a la Divinidad que ya era la Diosa Madre mucho antes que tu dios empezara a rayar las paredes; con ella tenemos una relación amorosa muy plena. Ella me enseñó que la mujer no salió de una costilla del hombre, sino éste del vientre de ella; que el macho es una hembra genéticamente alterada por la inteligencia del Universo (a uno de sus X le falta una patita); me enseñó que los humanos no somos la especie que corona la creación, porque Todo es Uno: somos el árbol, somos el aire, somos la planta, somos el pez y el ave, nos dañamos cuando los dañamos; me enseñó que no puedo perder mi alma, que nadie puede comprarla ni tocarla pues es parte de la esencia misma del Todo, así como una nube es agua del mismo océano y a él retorna siempre; ella me enseñó que quien ama nada debe temer, y quien teme no ama; que las creencias pueden encarcelarnos, pero la verdad nos hará libres.
Ella no creó al Universo: ella es todos los Universos; ella jamás se enoja, aun cuando la ignoran o maltratan, porque sabe cómo regenerarse una y otra vez.

Ella me susurró: “No adores dioses ajenos delante de ti.
Sé libre, conócete, realízate, utiliza los hermosos dones que el Universo comparte contigo, eres eterno y tu poder es infinito. Yo te amo”.

Desde entonces, cada día me enamoro más de ella y de mí.

Ni una más

Las mujeres merecen respeto por el simple hecho de existir.

Reclaman respeto, pero no se respetan.

No se respetan cuando siguen aceptando la idea de un dios macho creando a la mujer de una costilla masculina.

No se respetan cuando desean dar hijos varones a sus maridos, cuando diferencian las obligaciones y derechos de sus hijos según su sexo.

No se respetan cuando siguen repitiendo que hubo una caza de brujas. Durante la inquisición no fue “cazada” ni una sola bruja: fueron perseguidas, torturadas y asesinadas metódicamente miles de mujeres sólo por actuar como mujeres, por la misma ideología que impuso la idea de un perfecto dios padre soltero, con un hijo también soltero nacido de una virgen, porque andar con mujeres hubiese sido muestra de imperfección. Por lo tanto no se respetan al someterse voluntariamente, cómplices a la idea de una superioridad masculina.

No se respetan cuando dicen “mi cuerpa”, demostrando que no conocen el idioma en que hablan.

No se respetan cuando toleran de su pareja actitudes degradantes, culpándose a si mismas por las agresiones recibidas. No se respetan cuando después del maltrato abren la puerta a otra oportunidad.

No se respetan cuando aceptan la violenta idea que deben demostrar que aman.

No se respetan cuando usan un léxico sexista y denigrante contra otras mujeres.

Mujeres, por favor: ni una más.

Ni una más actuando como cerdos, defecando en la vía pública a modo de protesta. Ni una más actuando como macho, criticando a otra mujer por su apariencia o conducta. Ni una más actuando como masa sin cerebro.

Respétense, por favor. Sean mujeres sabias, libres, justas, poderosas, fecundas, gobernantes, amorosas, femeninas, seductoras, seguras de si mismas, a imagen y semejanza por una Divinidad Madre creadora de todo lo que existe.

Es imprescindible para cambiar este mundo macho, violento sexista e injusto.

La amenaza de la Libertad – parte 1

¿Cuál crees que es el bien más preciado para el ser humano? A poco de pensarlo, seguramente estarás de acuerdo que es ‘la libertad de ser uno mismo’: poder expresar quienes somos sin temor ni necesidad de máscaras ni disfraces. La mayoría estará de acuerdo: la libertad es el mayor bien al que podemos aspirar.
Irónicamente, las personas permanecemos toda la vida en las jaulas en las que nacimos, asegurando que son la única realidad posible o la realidad correcta: barrotes hechos con rígidos preceptos éticos, un piso fabricado que nos mantiene “con los pies en la tierra” a salvo de las opiniones de los otros enjaulados y una puerta custodiada por espectros que imponen reglas para, según ellos, salvarnos de las fauces de un monstruo que devorará a los incautos.
A lo largo de la historia han existido individuos que vivieron fuera de las jaulas; dedicaron sus vidas a enseñar a volar, diciendo que todos tenemos alas aunque no las usemos. Enseñaron que la falta de uso no las atrofia ni hace desaparecer, y que basta el deseo de volar para que éstas empiecen a fortalecerse.
Uno de ellos fue asesinado por los espectros en complicidad con varios vendedores de jaulas.
He aquí la paradoja; esa misma mayoría que “ama la libertad” teme a los que practican la libertad y no duda al momento de exigir la crucifixión del rebelde. “La libertad sin reglas éticas y morales bien definidas, es libertinaje” es lo mismo que “vuela cuanto quieras pero sin salir de la jaula”. Esa misma mayoría lo matará.
De no matarlo literalmente, lo castigarán insultando su conducta y condenando su alegría, la cual no condice con lo “normal y aceptable”; el rebelde tiene derecho a ser rebelde, pero dentro de la jaula.

Seguiré profundizando este tema en próximas entregas.

Agradecido, feliz, rico.

Un día decidí dedicar mi vida a enamorarme y enamorar.

Conozco el dolor físico. Durante 40 años tuve litiasis renal; quienes han orinado piedritas saben de qué hablo. He tenido algunos accidentes de los que salí con huesos rotos; en el último de ellos – hace justo un año – acabé con tres vértebras lumbares rotas y una mano aplastada, con secuela de síndrome de Sudeck (dolor permanente en las zonas lesionadas: los nervios afectados no reconocen la recuperación y siguen gritándole al cerebro que hay huesos rotos). Para completar la diversión, la única medicación que me quita el dolor durante unas pocas horas me deja aturdido dos días completos. Así, mis opciones son: zombie dolorido, o despierto y dolorido. Decisión final y consecuente realidad: sin drogas.

Pero no todo es desventajas: obligado a estar presente – cuesta evadirse con algo así trayendo la atención al cuerpo una y otra vez – descubrí mi baja tolerancia a tratar con las inseguridades ajenas y a los límites estúpidos que aceptamos como leyes inviolables de conducta; me fui dando cuenta del tiempo precioso que uno pierde buscando encajar en las expectativas de otros, de la energía que gastamos intentando demostrar que somos correctos. Tomé consciencia de los momentos maravillosos que perdí siendo “políticamente correcto”; de las oportunidades de besar y “putear” (en el Río de la Plata, insultar, mandar al infierno a alguien) que dejé pasar; de la atención que robé a quienes amo porque la desperdicié tratando de agradar a gente desagradable.

Un día decidí que sólo me dedicaría a enamorarme y enamorar. Enamorándome de mí enamoré a otros; enamorándome de otros me enamoro más de mí. No pierdo oportunidad de decirlo: “enamórate de ti”.

Ayer en la tarde preprarábamos una merienda con Dharma, mi hija menor. Ella – de 14 años – llevaba buen rato abstraída en sus pensamientos; yo, en los míos. De pronto la miro y noto su nariz y ojitos rojos, entonces le pregunto:

– “¿Todo bien, amor?”

– “Sí, todo bien” – responde visiblemente conmovida. Insisto:

– “¿Segura?”

– “Sí, segura”

La observo, respetando su espacio. Pasan unos minutos, se levanta de su asiento, viene hacia mí con sus brazos abiertos, se sienta en mis piernas, me abraza y comienza a llorar. La abrazo en silencio; espero.

Pasan los minutos y su llanto sigue sin pausa. No había angustia, era un llanto abundante pero sereno, podría decir que amable. Así estuvo, cuando menos, 20 minutos. De pronto, en medio de su llanto la oigo reír, también serenamente. Me sorprendió aquello y pregunté:

– “¿Estás riendo?”

– “Jeje! Sí”

“Ok. Ok. Ya que no me contaste la pena, contame el chiste” – pedí.

“No hay pena” – dijo riendo entre sollozos, – “Me di cuenta que me amo

– “No entendí bien” – dije. Ella prosiguió:

– “Que me di cuenta que me amo, me gusto como soy: amo ser quien soy, con mis olores, mis arruguitas de adolescente; me gusta mi pancita, amo mi pelo, mis ojos mis labios. Me gusto. No necesito la aprobación de nadie para ser feliz. Si quiero llorar lloro, si quiero reír, río; nadie decide como me siento.”

Gracias papá: lo aprendí contigo”.

Este es el más maravilloso regalo que mis decisiones me han dado.

Oda a Thanatos

Maravilla comprobar que tememos a la única seguridad que existe: nuestra cita con La Muerte. Tal es el temor que hemos desarrollado infinitos subterfugios intentando escapar a la idea de su encuentro; muchos ni siquiera disfrtutan de La Vida desesperando con devoción a alguien que les ahorraría el “desagradable” encuentro (asegurar que lo desconocido es desagradable es síntoma indiscutible de un terror visceral).

He dedicado a La Muerte muchos ejercicios de abstracción intelectual, probablemente por ese mismo temor. El caso es que soy un curioso compulsivo y todo lo desconocido me atrae como la candela atrae a las polillas. Sí, corro y seguiré corriendo el riesgo de quemarme, pero… ¿Qué sentido tendría vivir si no es para coquetear con quien nos dará el último beso? Lo peor que podría suceder es quemarme hasta el hueso y seguir vivo… en cuyo caso La Muerte sería mi mejor amiga.

Tememos a La Muerte porque somos haraganes para pensar. A poco de hacerlo, descubriremos que es Ella en perfecta armonía con La Vida quien nos otorga los mejores momentos.

Al alimentarnos, por ejemplo, nos servimos de la muerte de otros seres; aún si nuestra dieta es estrictamente vegana, estamos comiéndonos seres vivos. Comemos un delicioso helado de pistacho y sambayón – o vainilla y chocolate – y quedamos satisfechos, sonrientes. El helado ya no existe en el mundo material; forma parte de nuestro organismo, aunque no volvamos a verlo ni sentirlo en nuestros labios nunca más. Pero jamás lloraremos su pérdida: durante un tiempo nos quedará la satisfacción, su sabor en la boca y, si era de los buenos, su recuerdo nos acompañará siempre.

Las zonas de nuestra piel expuestas a un contacto más agresivo con el exterior, se cubren de millones de células muertas para protegernos. Otra vez, la vida se sirve de la muerte.

Los momentos sublimes son obra de La Muerte, y el encuentro sexual es todo un proceso vital en si mismo: nos vemos con el otro, entre ambos engendramos un deseo y el placer se manifiesta plenamente vivo. Ese placer crece, madura hasta un punto en que ya no es posible más sensibilidad… y llega el orgasmo que nos roba la voluntad y el control. Nos sumergirnos. El placer muere en el éxtasis, queremos quedarnos inmóviles y sólo gozar la sensación. Resucitaremos a los pocos minutos algunas veces; otras veces pasarán días antes de reencarnar.

No temo a lo desconocido: cada bocanada de aire que aspiro viene de un Universo distinto al de la bocananda anterior. Morir es apenas la pausa entre bocanadas, es la satisfacción, es el objetivo de La Vida.

El ego: huyendo del campo de espinas

Tarde en la pĺaya. El lugar que elegimos fue una duna a 10 metros de la orilla. Nuestra hija Camila, de tres años en ese momento, corría desde donde estábamos hasta la orilla, se mojaba los pies y volvía corriendo a nosotros. De pronto una mujer cerca nuestro dijo: “Qué energía tiene! No ha parado desde que llegaron!”. Ese comentario me llevó a tomar consciencia del evento: llevábamos más de tres horas allí y Camila no había parado en ningún momento aquella divertida carrera. Y de pronto me di cuenta que aquello era en extremo excepcional: un niño de tres años corriendo tiene aproximadamente la velocidad de un adulto caminando a buen paso, unos 6 km/hora. Camila llevaba corriendo tres horas y media por arena húmeda. En definitiva, 20 kilómetros de carrera, 10 de los cuales fueron duna arriba. ¿Cómo fue posible que una criatura de 3 años lograse aquello sin caer agotada? Se me ocurrieron tres razones: 1) se estaba divirtiendo; 2) nadie la obligaba a aquello; y 3) a los tres años se desconoce el concepto de imposible.

En esencia somos una estrella: brillantes, fecundos, poderosos, inextinguibles. Esa fuerza es la que traemos al llegar a la vida sobre la tierra; es de orden que “los niños tienen un dios aparte”: su energía es impresionante y son capaces de realizar cosas extremas. Con el correr de los años, la socialización y las experiencias van generando una capa densa y oscura sobre esa estrella original: la moral, las reglas de comportamiento, el protocolo social, los prejuicios, todo ello forma un campo de espinas que acaba escondiendo aquella esencia luminosa, ocultando nuestra identidad espiritual, haciéndonos olvidar quienes somos; lo imposible y la frustración toman cuenta de nuestras vidas.

Ese campo de espinas alimentado por la represión y la obligación de “ser alguien en la vida”, nos lleva a cubrirlo con diversas banderas: elegimos un sistema de creencias y adoptamos principios que nos muestran “aceptables” ante otros con similares intereses; elegimos una profesión que nos haga notorios y nos provea un estilo de vida; formamos una familia a la cual transmitimos esos ideales como si fuesen lo único verdadero en el universo.

Pero un día sentimos la profunda tristeza que nos acompaña; un día despertamos y notamos que nuestros títulos, reconocimientos y posesiones son sólo una cáscara con la que intentamos ahogar el campo de espinas. Nos aturdimos con actividades sociales o religiosas, consumimos drogas legales y de las otras, pero nada hace desaparecer esa horrible sensación de “me falta algo esencial”; y las espinas se clavan en nuestro ser. Vivimos ese martirio permanente: cada cosa que nos define también nos oprime.

Hay dos opciones para liberarse del campo de espinas, y ambas implican morir: el suicidio literal o el suicidio ritual. El suicidio literal no necesita explicación.

El suicidio ritual implica un viaje hacia la esencia de nuestro ser; este viaje empieza con la pregunta “¿Quién soy más allá de los roles?”. Para ello debemos ser despiadados al quitarnos las capas que cubren el campo de espinas: el profesional que soy es un rol, el padre que soy es un rol, el amigo que soy es un rol, el hermano, hijo, pareja y lo que sea que haga hacia el mundo son sólo roles, pero ninguno de esos roles soy yo. ¿Quién soy entonces? Para saberlo debo vaciarme de la importancia que doy a los roles, aceptar que son insignificantes (lo son: aunque intentamos borrar con ellos el campo de espinas, apenas lo disimulan). Esos roles, esas capas, esos disfraces son “el ego” tan nombrado y tantas veces mal entendido. Abandonar el ego no significa autosacrificio ni autonegación, sino “vuelve a tu esencia”. Y sólo hay un modo de entender ese retorno a la esencia.

Mis padrinos dicen que el humano era feliz y pleno cuando formaba parte del círculo mágico del Universo. En su lugar en el círculo, el humano comprendía muy bien su esencia, la vivía: llamaba “hermano” al árbol, al oso, al lobo, al bisonte, al conejo; “Madre” era la Tierra, “Padre” el Sol y “Wakan Tanka” el espíritu generador y conector de todo. Cuando el humano creyó ser la creación suprema de Wakan Tanka, rompió el círculo para pararse en medio como “el elegido”, entonces se construyó dos desgracias:

1 .- perdió el poder y protección que el círculo mágico le otorgaba; y

2 .- al inventarse un ego y limitarse a él – “soy esto, por tanto no soy aquello” – olvidó el enorme deleite que existe en “la libertad de no ser” y el respeto por si mismo.

Partículas divinas

Es muy frecuente la pregunta: “Si Dios es amor, ¿Por qué permite tanta injusticia?”

Debido a que tenemos una perspectiva en extremo acotada y a que aceptamos el concepto ya existente de una deidad bipolar (es todo amor pero nos quemará si no le gusta nuestro tono al hablarle), optamos por temerle o descreer. Si le tememos necesitaremos indefectiblemente de las religiones que nos protejan de ir al infierno; si descreemos, lo negaremos o lo tildaremos como “un niño jugando con su granja de hormigas”.

Decimos que Dios es todo, pero seguimos considerando que estamos “afuera” de él, lo cual es una contradicción: Dios es todo y somos partes de él o no es todo, en cuyo caso es apenas uno más de nosotros, otro bicho del universo y por tanto creador de nada.

Si Dios no es el todo, nosotros lo creamos a nuestra imagen y semejanza: al ser sensible a los halagos y a las ofensas es altamente impredecible: benefactor, generoso, amable, cruel, celoso, vengativo, orgulloso y con clara tendencia a la discriminación sin sentido.

Si Dios es el todo, cada cosa que existe forma parte de él: es el hambre, el hambriento, la comida y la satisfacción, es TODO. Siendo el todo y eterno, somos eternos porque somos él. Siendo el todo, es el nacimiento, la vida, la muerte y el renacimiento, o resurrección, o reencarnación, o transformación, o transmutación.

Y de nuevo la pregunta: “Si es todo amor, ¿Por qué permite tanta injusticia?”

Para entender que no existe tal injusticia, debemos intentar “ver” desde su perspectiva y vernos como parte de él. Somos células del cuerpo de Dios.

Hagamos una breve reseña; tienes tal cantidad de células en tu cuerpo, y con especialidades tan variadas, que bien podrían compararse a la totalidad de los seres vivos en el universo: hay minerales, vegetales, animales, espíritus, energías. Hay células que son reemplazadas cada pocas horas – mucosa digestiva, la piel de las manos y pies – y las hay que viven años – neuronas y células óseas, por ejemplo. Imagina que algunas células de tu cuerpo tiene consciencia y una cierta capacidad intelectual como para preguntarse acerca de su propia misión y acerca de tu existencia – tan grande eres para ellas.

Imagina ahora que recibes una caricia erótica: el toque aumenta paulatinamente de intensidad hasta que alcanzas el éxtasis.

Pregúntate: ¿Cuántas células murieron durante esos momentos de intenso placer? No sólo las epiteliales que perdiste en el roce con las sábanas, sino las de tu genitalia que fueron besadas, las de tus mucosas arrastradas por la sudoración, las aplastadas por las mordidas… ¿Lamentas su muerte? ¿Te parece injusto?

Nuestro problema es que humanizamos tanto a Dios que lo consideramos un caprichoso mortal más, pasible de ofenderse y de dejarse seducir por las lisonjas, un humano cualquiera y de ese modo lo responsabilizamos de nuestras miserias.

Es imposible conocer los planes de Dios: es tan enorme que cualquier esfuerzo por abarcar su inmensidad es inútil, absolutamente inútil.

Las injusticias en el mundo son nuestra obra exclusiva y por tanto nuestra exclusiva responsabilidad. No metamos a Dios en eso.

La caza del jabalí

Para un guerrero no existe manjar más preciado que el jabalí, por su abundante y sabrosa carne y por el reto que implica su caza. Los tigres – formidables depredadores – conocen la fiereza y peligrosidad de los jabalíes, por eso se miran con respeto cuando se cruzan, ambos manteniendo una segura distancia. Los guerreros en cambio buscan esta presa que pondrá a prueba todas sus aptitudes: propósito, observación, paciencia, sentido de la oportunidad, voluntad férrea, valor y control de la ansiedad.

Para cazar un jabalí, el guerrero busca señales de su presencia en el ambiente; una vez halladas las pruebas, elige un árbol desde el cual acechar la presa sin ser notado, donde pasará horas muy quieto observando la metódica rutina del animal; él sabe que el primer día su presa notará un olor nuevo y estará inquieto y alerta, por lo cual deberá mantenerse oculto un par de días, mimetizado con el entorno. Una vez cerciorarse que el jabalí actúa confiadamente, el cazador prepara la emboscada a ras de suelo, porque es prácticamente imposible cazarlo desde arriba: el jabalí tiene una cabeza enorme y dura, y no otorga puntos vulnerables en su lomo; la única oportunidad la dará frente a frente.

Decidido el momento, el guerrero se sitúa en su lugar de tiro antes del amanecer: una rodilla en tierra, el arco tenso, la flecha apuntando hacia el lugar donde horas más tarde el jabalí hará su aparición. Con el correr del tiempo se siente el cansancio en los músculos tensos, el sol quema, los insectos molestan, presas menores seducen el hambre convirtiéndose en verdaderas tentaciones… pero lo único que importa es el jabalí: ese es el propósito, el más sabroso manjar.

De pronto lo oye entre el follaje: el animal ya no teme a su presencia, su olor ya no le significa amenaza; paciencia…

Momentos más tarde, el jabalí aparece en el sendero frente al cazador, a no más de veinte metros; al fin se ven. Aquello totalmente inmóvil es ahora una amenaza para el animal, que ataca furioso al intruso. El valor, el sentido de la oportunidad y el control de la ansiedad significan la diferencia entre cazador y presa; la flecha debe partir en el momento exacto y con la fuerza justa para alcanzar el corazón del bello ejemplar y derribarlo; ya no hay hambre, ya no molestan las picaduras, ya nada más existe: es el momento en que el Universo se detiene y uno de los dos muere.

El guerrero danza junto al fuego, agradeciendo al Gran Espíritu la cena y consagrando al gran jabalí que, con la vida, le ha cedido su fuerza y su bravura.

Desnúdate

Leí una vez que la ropa fue inventada por el primer feo, pues hasta entonces los bellos vivían desnudos y felices. Y con la ropa llegaron las modas, las diferencias sociales, los dominantes y los dominados y por tanto la discriminación entre mejores y peores, superiores e inferiores, buenos y malos. Y ya no hubo bellos felices.

Mi compulsiva necesidad de analizar todo me sumergió inmediatamente en profundas cavilaciones: ¿Quién le dijo que era el primer feo? ¿Qué autoridad estableció un catálogo tan penoso?

No haré una apología de la igualdad, pues nadie es igual a nadie y es gracias a esa desigualdad que somos únicos, bellas joyas únicas. Si el primer feo se sintió así – feo e infeliz – fue por temor a opiniones ajenas que seguramente jamás oyó, pues los bellos y felices ven belleza donde quiera que miren.

“La belleza debe encajar dentro de ciertos parámetros , o no será belleza” -debe haber pensado.

El hecho de ser únicos implica que tengamos preferencias únicas; eso no nos hace mejores ni peores, simplemente confirma que somos distintos al resto (y el resto es un montón de distintos entre sí); concordamos con algunos y diferimos con muchos, pero ser minoría no significa ser inferior. Si así fuese, aquellos que veneramos como líderes son inferiores.

¿Por qué nos vestimos? Podemos racionalizar una respuesta diciendo “para protegernos del sol, del viento, del frío, de la tierra, de las hormigas…”

Y sí… pero no.

Nos vestimos para demostrar que pertenecemos a cierta casta, que encajamos en cierta clase; nos vestimos con opiniones ajenas; nos vestimos con prejuicios heredados acerca de ideales y antagonistas: los prejuicios o “previos juicios” en realidad son condenas decretadas hace siglos y que aceptamos como verdades sin siquiera conocer sus argumentos (de haber crecido oyendo que Satanás sanaba enfermos y Jesús devoraba niños, juraríamos nuestro amor en nombre del infierno y temeríamos ir al paraíso). Nos vestimos con miedos y valores impuestos, mostrando virtudes y ocultando defectos que tampoco son nuestros… porque no existen virtudes ni defectos, sólo particularidades. Pero como estaban ahí para usar, los usamos por simple tradición: “esto se usa en Europa”.

En pocas palabras: “si eres malito vendrá el hombre de la bolsa y te comerá, pero si eres buenito Supermán te protegerá. Y cuidado: los dos ven lo que piensas”.

Por eso es tan difícil ser felices: hemos aceptado que nadie es perfecto, entonces nunca estaremos conformes.

Desnúdate: nada hay que demostrar; nada hay que ocultar. Eres perfecto así como eres. Enamórate de ti: tu perfecta belleza ilumina el Universo.