Cacaburguer

Cuando mis hijas eran pequeñas solían jugar al aire libre todo el tiempo y, casi a diario, preparar “comiditas” con lo que cosechaban del jardín: tréboles, flores y algunas semillas. Era frecuente que me invitaran “a comer” con ellas, trayéndome sus elaborados platos:

“Mirá papá, hice tallarines verdes, come”
“Hoy te hice una ensalada”
“Te preparé un churrasco”

Como les enseñamos qué hierbas usar y cuales no, generalmente lo que ellas usaban en sus elaborados menúes yo lo ponía en mi boca y simulaba masticar, para luego escupirlo; ellas observaban con satisfacción a papi degustando sus “manjares”.

Una tarde Camila – que tendría tres años en ese momento – se me acercó sonriendo y dijo: “te hice una hamburguesa”; en el plato había, además de las flores y hierbas de costumbre, una bolita seca de excremento de perro. Ella esperaba expectante mi aprobación al nuevo ingrediente; yo, consciente que ella ignoraba lo que en realidad era aquella “hamburguesa”, le dije sonriendo “te quedó lindo el plato pero eso no es una hamburguesa, es caca de perro; y la “cacaburguer” no se come”.

Camila abrió grandes sus ojos, miró aquello y soltó una carcajada divertida; me sacó el plato, tiró todo al pie del árbol de laurel y volvió a elegir sus ingredientes sabiendo que ya no cocinaría con aquellas bolitas.

Años más tarde, charlaba con una amiga quien me contaba su conflicto: estaba cansada de cierta actitud habitual de su pareja que, si bien al comienzo de la relación dicha actitud ya era notoria, ella sabía que no era malintencionada y decidió tolerar, esperando que él cambiara con el tiempo; pero él no cambiaba y ella ya no aguantaba más.

Entonces recordé la anécdota de las comiditas: yo era absolutamente consciente que Camila no sabía qué era aquello y me lo ofreció con la mejor intención; entonces me di cuenta que si yo hubiese sentido compasión con Camila en aquella oportunidad, me habría metido la “cacaburguer” en la boca, ella hubiera creído que me gustaban, me hubiese preparado más de aquellas… ¡Y me las tendría que comer!

Y la reflexión fue inevitable: ¿Cuántas veces nos comemos la mierda que otro cocina, aún “con la mejor intención”?

¿Cuántas veces nos callamos por compasión y nos tragamos lo que no nos gusta?

Cualquiera sea el tipo de relación que tengamos, es un acto de amor y respeto decir con una amplia sonrisa: “no gracias, yo no como caca” y simplemente devolver el plato sin haberlo tocado.

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