Para qué encarnamos

Érase una vez un hombre poderoso y muy devoto, que vivía en una isla. Éste hombre, en gratitud por su impresionante fortuna y poder sobre la tierra, solía ofrendar a sus dioses la sangre de sus esclavos.

Érase una vez un hombre esclavo y muy devoto, que vivía en una isla. Éste hombre soportaba con profunda resignación los castigos y torturas que recibía de su amo, rogando en silencio a su dios para que hiciera justicia.

Érase una vez un hombre moralista y muy devoto, que vivía en una isla. Éste hombre dedicaba cada día a cuidar de los esclavos, dándoles alimento y consuelo, con la absoluta convicción que dios le tenía un lugar reservado en la vida eterna como recompensa por sus servicios.

Érase una vez un hombre escritor y muy curioso, que vivía en una isla. Éste hombre plasmaba en sus cuentos cada paisaje que veía, cada persona que conocía, la historia de cada uno de ellos.

Érase una vez una tormenta descomunal que arrasó una isla; érase una vez cuatro hombres llegando a las puertas de La Divinidad.

El primer hombre se inclinó a sus pies para agradecer la magnífica vida que había llevado, pero una energía desconocida y enorme le invadió, le empapó, le inundó, le ahogó: era el amor más inmenso y despiadado que jamas había sentido… Entonces tomó consciencia de su arrogancia y empezó a sentir un hueco en el pecho, donde caía el dolor que había causado a sus semejantes. Y se arrepintió. Y lloró. Y pidió perdón. Y entendió que merecía el peor de los castigos.

El Ser Supremo le tomó de la barbilla para que alzara el rostro; al ver aquellos ojos el hombre supo que allí no había castigo, sólo había consciencia y amor… y aquel hueco en el pecho se hizo infinito.

La Divinidad le sonrió y le abrazó con más amor aún. Entonces entendió que sólo volviendo a nacer y corrigiendo su actitud quizá podría perdonarse a si mismo. La Divinidad, en su infinito amor, le concedió todas las vidas que fueran necesarias para llenar aquel vacío.

El segundo hombre se acercó a los pies del Ser Supremo para reclamar por la ayuda que jamás había llegado. Pero un inmenso amor le hizo tomar consciencia de su flojera para defenderse, de su elección de permanecer en la postura de víctima culpando a otros de su desgracia y esperando que otro trajera las soluciones… entonces lloró. Y pidió perdón. Y se arrepintió.

El Ser Supremo le tomó de la barbilla para que alzara el rostro y el hombre esperó un duro reproche; pero al ver aquellos ojos encontró más amor.

Y aquel amor sonrió y le abrazó con más amor aún… y aquella flojera se hizo tan patente, su estupidez fue tan vergonzosa que no pudo perdonarse y pidió volver a nacer para hacerse cargo de su propio destino. La Divinidad, en su infinito amor, le concedió todas las vidas que fueran necesarias para fortalecerse.

El tercer hombre se acercó a los pies del Ser Supremo sabiendo que sería recompensado por su defensa de los débiles, cuando un inmenso amor le hizo tomar consciencia de que la tarea es la recompensa… entonces lloró. Y pidió perdón. Y se arrepintió de no disfrutar el momento por tratar de cambiar un pasado e ilusionarse con un futuro.

El Ser Supremo le tomó de la barbilla para que alzara el rostro y el hombre esperó una reprimenda; pero al ver aquellos ojos encontró más amor.

Y aquel amor sonrió y le abrazó con más amor aún… y pidió volver a nacer: necesitaba la oportunidad de aprovechar cada instante para ser feliz. La Divinidad, en su infinito amor, le concedió todas las vidas que fueran necesarias para fortalecerse.

El cuarto hombre se acercó a los pies del Ser Supremo con curiosidad: aquellos ojos que irradiaban tanto amor, aquella sonrisa… por favor… Y cuando la Divinidad le abrazó llenándole de más amor aún, el hombre supo que toda esa luz debía ser conocida por todos, que esa experiencia debía ser documentada. La Divinidad, en su infinito amor, le concedió todas las vidas que fueran necesarias para escribir.

¿Para qué encarnamos? Para perdonarnos a nosotros mismos, para tomar las riendas de nuestras vidas, para ser felices y escribir una historia.

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